Los que le conocéis sabréis que Gurney es un auténtico conocedor y entusiasta de los juegos de cartas. He podido conocer muchos de ellos gracias a él, y hoy voy a dedicar estas primeras impresiones a uno que me hizo recordar como con una baraja de números y colores, sin apenas ilustraciones (pero con un diseño muy agradecido y resultón) podemos conseguir un juegazo muy rejugable.


Red7 (ojo al matojo, no confundir ni con Red Seven el juego

ni con Red Seven el restaurante


Diseñado por Carl Chudyk Chris Cieslik, ilustrado por Alanna Cervenak y publicado por Asmadi Games  (editorial afincada en Arlinton, Massachusetts) en 2014, este juego se compone de básicamente 7 palos/colores de 7 cartas numeradas del 1 al 7. Está diseñado para jugarse de 2 a 4 jugadores pero nosotros lo jugamos con 5 jugadores sin problema.

Las reglas son sencillas: cada jugador recibe 7 cartas más una boca arriba. Y se coloca en el medio de la mesa la carta inicial (siempre es la misma) que marca el «criterio» para ganar del turno: tener la carta más alta en la mesa.


El jugador en turno debe siempre ser el ganador en ese momento, y pasar el turno al siguiente jugador. Si no, es eliminado. (Duro, lo sé)

De forma que si, al comienzo de la partida (p.e. de tres jugadores), el criterio es «gana el jugador con la carta más alta (siempre en mesa) y yo tengo un 3, otro compi un 4 y otro un 6, yo estoy perdiendo.

Para poder ser el «ganador del turno», en mi turno puedo bajar una carta a mi grupo de cartas, usar una carta para cambiar el criterio, o ambas cosas.

Así que, en el ejemplo, si me toca y la cosa pinta como pinta, puedo bajar un 7 y pasar a cumplir el criterio. ¿Y si bajo un 6 y empato con el otro seis? Pues hay una jerarquía de colores ordenados como el espectro de luz donde violeta es lo más bajo y rojo lo más alto (tiene sentido)



… por eso el 7 rojo/Red7 es una carta muyyyy deseada (¡¡¡pepitas de oro!!!).

La vuelta de tuerca está en que cada palo/color cambia el criterio de una manera distinta, de forma que puedo, en mi turno, (volviendo al ejemplo inicial), jugar una carta al centro de la mesa que cambie el criterio a «tener más carta del mismo número» y bajar otro 3 a la mesa.


Conforme avanzan los turnos uno va dándose cuenta de que existen combos, formas de «protegerse» o de forzar que otro jugador sea eliminado… pero también es cierto que controlar completamente lo que puede pasar no creo que fuera el objetivo de los diseñadores.


Cuando solo queda un jugador «vivo», se apunta los puntos de la carta más alta con la que haya  ganado la ronda, y se vuelven a dar cartas. La partida finaliza cuando un jugador alcanza el número de puntos acordados inicialmente.

Es uno de esos juegos que yo suelo mirar con suspicacia pensando que son «otra brisca u otro tute», pero que en realidad funcionan muy bien y suelen resultar bastante adictivos.

Dicen los amantes del p&p que hay por ahí versiones circulando. Yo os recomiendo que os bebáis una copa menos el próximo finde y os gastéis los billullis en el original. Y mañana Georgi Dann.

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