Jugar por jugar no es lo que crees

One D&D Rol

Hablamos de los juegos de rol y de mesa como parte de una afición que nos permite desconectar del crudo mundo en el que vivimos; un mundo que nos empuja a consumir, a vivir deprisa y a producir constantemente, y al que hemos comprado la idea de que jugar es formar parte de la «resistencia» por permitirnos el «lujo» de, simplemente, jugar por jugar. Pero hemos caído en su trampa.

En esta afición siempre ha habido una sensación de ser despreciados por la sociedad. Una sociedad que no valora nada que no sea productivo desde el punto de vista del mercado. Si no produces, si no eres útil para el mercado, si no obtienes dinero por lo que haces, estás perdiendo el tiempo. Quizás no lo digan así, pero el fondo del mensaje es ese. ¿Qué te motiva a organizar un evento? ¿Qué sacas pasando la tarde jugando? ¿No crees que eres mayor para eso? Frases de gente cuyo tiempo libre lo emplea viendo una pantalla con imágenes que otra gente ha creado o bebiendo alcohol mientras insultan a unos señores en calzoncillos largos que aparecen en el televisor.

Creímos que la rebeldía consistía en encontrar y reivindicar nuestro espacio en una sociedad que castiga todo aquello que destaque o se desvíe de lo normativo, pero esta nos ha domado. Sí, hemos interiorizado que jugar por jugar es nuestro derecho, que es beneficioso y que no tiene nada de reprobable, pero no hemos entendido qué significa.

Reivindicamos el jugar por jugar mientras subimos imágenes de nuestras partidas por unos «likes», mientras monetizamos videos, solicitamos que nos inviten a un café por nuestras creaciones y les hacemos publicidad gratuita a las editoriales. Confundimos la pasión al hablar de nuestra afición con nuestro derecho a beneficiarnos de ella. Hemos entrado en el sistema y la sociedad ha transformado nuestra rebeldía y «resistencia» en su beneficio. Y está bien que lo hagamos. No tiene nada de inmoral o ilícito, pero eso ya no es jugar por jugar.

Jugar por jugar implica perder el tiempo y no obtener rédito alguno más allá del beneficio de formar parte de un grupo que comparte una afición, de la diversión efímera, del contacto social y de entrar en un espacio temporal en el que las horas pasan sin darte cuenta. Es esa partida de rol que preparas durante semanas con la ilusión de sorprender a la mesa de juego con lo que has creado. Son los recuerdos de los momentos en los que los dados sacan pifias, cuando ganaste por un sólo punto de victoria, te equivocaste en el orden de jugar las cartas, lloraste por la muerte de aquel personaje y, también, cuando se derrotó a aquel dragón. Jugar por jugar son esas partidas cuyo recuerdo te curan por dentro.

Nos hemos convertido en jugadores, consumidores y creadores. Mostramos al mundo lo que hacemos, alimentando a enormes compañías que obtienen beneficios masivos a través de nuestras interacciones, fotos, videos, planos, artículos, reseñas y aventuras. Publicaciones de las que, en comparación, apenas obtenemos rédito, pero nos envenenan mediante el dominante poder visual.

Ahora nuestras mesas deben ser perfectas y todo el contenido casero parece carecer de mérito si no alcanza la perfección que se observa en las redes sociales. Caemos en la trampa de despreciar la imperfección y, con ello, dejamos de crear nuestros propios trabajos. Y así dejamos de disfrutar del placer de hacer simplemente porque nos gusta y, de esa forma, perdemos la oportunidad de aprender, mejorar y disfrutar. Al final, dejamos de jugar por jugar porque la sociedad nos da a entender que el camino no es importante, sólo la meta.

Somos consumidores de contenido insaciables. Pedimos juegos a los que nunca podremos jugar y, en ocasiones, ni siquiera leer. Queremos todo presto y listo para jugar nuestras sesiones de juego y también experimentar los numerosos títulos nuevos que se publicitan cada semana, sin asumir que no tenemos tiempo para ello, aunque quizás sí dinero y algo de espacio en una estantería.

Jugamos deprisa, sin saborear la experiencia, pensando en lo que vendrá después y obsesionados por un acabado estético que en ocasiones no se refleja en el núcleo duro de un juego, su sistema.

Abandonar nuestra capacidad de crear y la celeridad de querer consumir todo lo que se publica hace que no seamos capaces de diferenciar un trabajo criticable de otro que se puede mejorar, de distinguir un buen juego de uno que nos hace disfrutar y de reconocer el valor y el mérito de un trabajo creado. Confundimos el significado de «carpe diem» al no tener en cuenta el pasado y no prepararnos para el futuro, sin tener en cuenta que el ayer es imposible y el mañana demasiado tarde. Que lo que importa es el hoy, el presente y ese momento en el que estás con tu gente. Lo importante es jugar por jugar.

Porque jugar por jugar no es únicamente reivindicar nuestro espacio. Es disfrutar de lo que se hace, de no consumir más de lo que podemos, de no envenenarnos con el FOMO, de abrazar la imperfección, de jugar despacio, de querer encontrarnos con nuestra gente, de crear comunidades de personas y no comunidades editoriales. Jugar por jugar es disfrutar el momento y el ahora.

¡Que vaya bueno!

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